
Todavía me sorprendo cada vez que oigo estornudar a la vecina con la claridad de alquien que lo hace justo tras tu espalda. Da la casualidad de que cada mañana al entrar en la cocina, no sé si es por la luz o la temperatura, estornudo tres veces y siempre tres, y me pregunto si también a los vecinos les da ganas de gritar ¡Salud! por el patio. Porque el patio, ese túnel vertical de comunicación, hace obligatoria la costumbre del cotilleo. Sube el olor desde las cocinas, (el del tercero está fríendo pimientos), se oye el aleteo de la ropa tendida (¿otra vez las sábanas de los del sexto? Si las lavan tanto es que las ensucian mucho, jejeje.), suben hasta mi ventana las conversaciones de los vecinos y los trinos del canario que (todavía no he averiguado de quien es el canario) cada vez que brilla el sol se deja la garganta para atraer a una hembra que nunca vendrá.
Oigo las cataratas del Niágara en el piso de arriba y luego el tronar de la cisterna. Baja un gluglú por la pared y me dan ganas de anotar las costumbres urinarias del chico (porque el sonido es tan nítido que sé que es el hombre por la altura de la catarata) para seguir un control sanitario de aquel que sé, que todos los días ve la televisión hasta las doce y cuarto más o menos, pero qué por otro lado, no sé su nombre.
Esta extraña intimidad vecinal, de saber a qué hora friegan los vecinos, de saber qué tipo de ropa interior usan porque la veo tendida (¡y como la tienden! Algún día saldrá a la luz la teoría de que viendo como la gente tiende los calcetines, se puede averiguar su perfil psicológico), de escuchar sus conversaciones sin haber visto su cara, de oír la música que todos los festivos pone alguien a mediodía, siempre el mismo cedé, ¡en ocasiones dos veces seguidas! Esto es tan extraño para mí que a veces me descubro a mí misma tendiendo la ropa en escala cromática para que al asomarse a la ventana vean reflejar la luz en arcoíris, y pensando en que el del cuarto sabe cuando llega Antonio a casa porque saca las zapatillas del mueble y las deja caer al suelo con un ¡Plas! que es como decir que ya está en casa, que ya no está sola la mujer esa que se inventa las letras de las canciones para que siempre traten de su gata o del de las zapatillas (Y encima ¡canta tan mal!)
Esta falta de secretos y horarios, es aterradora a la vez que mágica, incómoda y entrañable a un mismo tiempo, así que cuando hace calor, y los vecinos abren las ventanas del patio, oigo el aceite crepitar en la sartén del de abajo, una radio todavía más abajo, y el olor del pescado de los de arriba, yo abro mi ventana para que también el aroma de mis bizcochos se una a los demás olores y sonidos y siga patio arriba hasta subir al cielo por esta chimenea con cristales, y miro hacia el rectángulo de cielo esperando que los del helicóptero de Google Earth pasen en ese momento, y que hayan inventado una cámara novedosa que hace que al sobrevolar la ciudad, salga en la fotografía una columna de felicidad cotidiana elevándose desde todos los patios interiores de La Coruña.











